Hoy hice un descubrimiento muy grande. Acá les dejo la primera impresión (que después de algunas páginas deja de ser impresión para ser una afirmación.)
La literatura feminista no aportó claridad sobre el misterio femenino. Es más, lo oscureció bastante. El feminismo fue una tormenta pasajera en el mediodía de la mujer. Las escritoras pelirrojas no tenían la menor idea sobre lo que pensaba una rubia teñida. El comportamiento de una enfermera nocturna siguió siendo un jeroglífico para las profesoras de Letras. Las mujeres, igual que los hombres, escribían sobre lo poquísimo que habían visto, pero a eso lo llamaron “literatura femenina”. Si alguna vez la cosa les funcionó, si hasta ganaron plata con eso, no fue por la calidad de sus investigaciones, sino porque las mujeres son las únicas que leen libros. De no haber sido por eso, se morían de hambre.
Si realmente hubiera existido un libro revelador, un libro que explicase los secretos femeninos por los cuatro costados, los hombres habríamos adquirido en masa la enciclopedia. Porque no hay nada en todo el mundo que nos mporte más; no pensamos en otra cosa.
A decir verdad, hay dos clases de hombres. El que dice “No entiendo a las mujeres” y el que dice “No entiendo de mujeres”. El primero es un fanático, un hincha, y busca desesperadamente un libro esclarecedor sobre el tema; el segundo es un simple usuario de la mujer y se conforma con una revista chancha cada quince días. Yo hablaba de la mayoría noble, por supuesto.
Me declaro fanático. No entiendo a las mujeres y necesito alumbrar esa ignorancia. Pero además soy hincha de club chico, porque no entiendo, puntualmente, a la mujer argentina. De todos mis fanatismos, la mujer argentina es el único que no puedo explicar ni comprender. Entiendo un partido de fútbol, sé qué pretende de mí. Entiendo perfectamente una tira de asado, sus planteos, sus desplantes. Pero a la mujer argentina, no. La portuguesa, la italiana, la española, la alemana, todas ellas, tienen explicación. La mujer argentina es incomprensible. Docenas de amigas, novias y conocidas me habían ofrecido prologar sus libros sobre mujeres. Y me vengo negando desde hace más de una década. Hoy, en cambio, aquí me ven.
Este libro, querido lector masculino que todavía estás leyendo al pie de la góndola, es un libro necesario para el hombre fanático. Ocupa un bache que nadie había transitado, pero también carga con la posibilidad de que sea confundido con otro trabajo femenino. ¡Dios no lo permita!
Quiera la suerte que los varones inquietos que pululan por las librerías puedan hojear las primeras páginas y lleguen, con suerte, a este prólogo que es una bandera, una señal de alerta. Aquí hay un hombre que ya ha leído el libro y que ahora les habla con el corazón. Todos los catálogos femeninos, hasta hoy, habían sido compendios parciales, bases de datos del feminismo politizado. Era necesario que llegara una de las nuestras a poner luz sobre este asunto tan complicado: la mujer. Y sobre todo, la compleja mujer argentina. Si quien tiene ahora este libro en las manos es un hombre, uno de esos hombres varoniles que se guían por los prólogos y no por las solapas (eso es de putos), atención al dato: —¡Este libro es para nosotros, no es para ellas! Lo ha escrito una mujer con problemas de personalidad, con desorden hormonal, con las rodillas llenas de cascaritas. A este libro lo ha escrito, señores, una varonera.
Cumplo así con el deber masculino de alertar a mi raza. Lleven este libro, compañeros, regálenlo a un amigo hombre. Escóndanlo de las novias y las madres. Léanlo en el baño; guárdenlo en lugar seguro. Porque aquí están, por fin, las respuestas que buscábamos.
Carolina Aguirre vivió, durante larguísimos años, espiando a su raza desde múltiples bases de operaciones: los baños de chicas, los gimnasios, las peluquerías, los pijama partys, las reuniones de Avon, las tertulias secretas del feminismo, los vestuarios del colegio, las charlas íntimas de las azafatas. De lejos parecía una más, pero en su carterita, en lugar de pintalabios y colorete, en lugar de panfleto y consolador, llevaba un microscopio y un tubo de ensayo.
Las otras nunca se dieron cuenta y bajaron la guardia en su presencia. La dejaron entrar, la dejaron husmear. Le mostraron escondites, le confiaron secretos. No sabían que era una varonera, ni que estaba escribiendo un libro. Ella se jugó la vida por nosotros… Ahora, es nuestro deber escuchar lo que nos dice.
HERNÁN CASCIARI
Barcelona, 21 de abril de 2008
Barcelona, 21 de abril de 2008
14 VECES NO DEBO:
demasiado largo como para leerlo a las escondidas...
Lo que hay que leer a escondidas es el libro. Ésto, sólo es el prólogo.
Se que usted se encuentra en el segundo grupo de hombres. El grupo "de", así que no se si este libro le resultará redituable.
A escondidas tengo que leer el post de hoy, asi que el ser demasiado extenso atenta contra mi atención, por la noche lo leo y le dejo mis impresiones.
A escondidas tengo que leer el post de hoy, asi que el ser demasiado extenso atenta contra mi atención, por la noche lo leo y le dejo mis impresiones.
Y por qué a escondidas?
Por que pertenesco al mundo capitalista.
Ja! Está trabajando! Yo también...
Yo no entiendo a las mujeres hubiera sido el lado mas adecuado para enlistarme. Aunque creo que la comprension no llegara nunca y eso es lo que las hace mas magneticas.
Usted es del grupo "de" sin lugara dudas.
Puede ser, pero solo en el sentido de pertenencia nada mas, estoy lejano a lo que dice el prologo.
Yo lo decía por lo que dice el prólogo. Me habré equivocado.
Posiblemente. Ya lo lei, me parecio mas simpatico que esclarecedor.
Lo esclarecedor es el libro en sí. Esto es solo el prólogo.
Si vos lo decis me parece bien.
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